GALERÍA LITERARIA

miércoles, diciembre 10, 2008

LA CARTA (Quince Duncan)

Hierve. El agua sepultada en las venas de la tierra, y la tierra porosa, húmeda y el viento hierven. Contrastes. Un mundo heterogéneo reunido en los lindes del pueblo: contiene una unidad oculta que estalla en la policromía de su vegetación.

El ruido de los metales sofoca la queja de la tierra oprimida por la mucha necesidad, la angustia e intenso calor. Más fuerte que el sonido de los hierros carcomidos por el uso y el tiempo, se elevan los gritos: monótona plegaria de un pueblo que hierve.

Pan bon, pan bon, pan bon, cocadas... patí, cocadas, patí, patí, patí...

Íntimo, en aquella correntada de melodía, se siente el ritmo de una raza que no sabe claudicar. En los ojos, en las voces. Siquirres hierve, se hace pedazos.

Yucá, yucá, yucá, bofe... péscado... bofe... péscado... patí... patí, patí...

Al detenerse el tren, los pasajeros se movilizan aprisa. Siquirres se destila a través de los poros del pueblo, se deshidratan los pechos, las gargantas de los niños se secan en la brasa ambiente. Asomándose por la puerta del carro-correo, el conductor hace una reverencia. Alguien sonríe en respuesta. Un niño descalzo pasa atropellando, persiguiendo apresuradamente una meta invisible. Resbala, cae, se levanta frotándose las manos, y sigue indiferente a todos, perdiéndose en el anonimato.

-¿No compra el señor... sabrosas cocadas?

-Compare: son mejores estas guisadas.

-Tres patíes. ¿Están frescos?

-¿Y qué esperaba?

-¿Cómo dice?

-Que están ricos, y luego no he dicho nada.

Surgen de los carros del tren, el alimento de un pueblo, el licor legal para entontecer los sentidos, y el hielo para amortiguar el calor intenso que lo consume.

Una vieja espera con los ojos llenos de esperanza. Su rostro, contaminado de senectud, plétora de arrugas; el pelo en desorden; un delantal que cuelga de su cintura, simbolizando el espíritu creador que mora en ella; sus dedos se asoman desafiando al mundo por las roturas del calzado.

Cruel, casi inhumana, una voz destruye su fe:

No, Miss Spence, no hay cartas para usted hoy.

El viento recoge la voz, jugueteando con ella. El viento clava en el aire la puñalada salvaje de su risa; la burla, demasiado pesada para que la sostuviera el aire, cae sobre las piedras haciéndose pedazos. El eco recoge el cuento y lo publica en el oído, en los ojos, en la nariz, y en la boca de la vieja:

No, Miss Spence, no hay carta para usted hoy: no habrá nunca.

Pero con todo, ella conservaba su esperanza. Lento, el tren reanuda su marcha, sofocando con su característico ruido el rumor de aquella letanía de pan. El viento se despliega, se esparce, se recoge, arqueando remolinos, robando la súplica del pueblo para convertirla en nada.

Los brazos agitan adioses; tanto sudor, tanto peso no permite más. Unos muchachos se cuelgan del coche en marcha, jugando inútilmente con sus vidas. Más adelante se desprenden y corren un trecho antes de detenerse y volver.

Siquirres hierve, suda, se hace pedazos.

-Miss Spence (¿era el Ángel de la Resurrección, o era el aire?).

-Miss Spence, Lippo te llama: dice que sí encontró una carta suya.

La vieja trató en vano de captar la risa del viento: el viento callaba.

Cuántos interminables días había hecho el mismo viaje, durante los dos últimos años. Múltiple la ciega fe en Dios, abundantes las oraciones. Bajo la lluvia a veces, otras soportando el quemante sol de la llanura; agua y sol igualmente inclementes. Y otras veces, cuando ni llovía ni había sol, hubo de soportar no obstante la incomodidad de arrastrar un cuerpo de cincuenta y siete años, desde Brooklin hasta el centro, sin poder librarse del intolerable calor, y sentarse en las bancas de madera, hechas más para mortificar, que para descansar el cuerpo, y luego, ya extenuada por la miseria, la angustia y el calor, obtener de Lippo -que ya ni se fijaba- la misma despreocupada y maquinal respuesta:

No, Miss Spence, no hay carta para usted. No, señora, no hay nada, señora.

Hoy el mundo expandía su horizonte: su hijo ha escrito. ¿Acaso no reconocía su letra en el sobre? ¿Acaso no eran innumerables las maravillas de Dios?

***

Avanzaba costosamente. No era fácil transitar la vía férrea, con sus incontables polines, sus piedras afiladas, sus pozos de barro: los pies, apenas cubiertos por lo que alguna vez fue un buen par de zapatos; le fallaba la vista, la traicionaban los años.

Había que ir paulatinamente, como las mulas al atardecer, con su pesada carga de cacao a cuestas; como la vida de Siquirres: lenta, nunca apacible.

Siquirres hierve siempre.

Llegó por fin a la pequeña choza, que era albergue de toda la familia. Siete cabezas asomaron por las ventanas: siete rostros distintos, precipitándose como polluelos hacia las alas de la madre.

Siete hermanos. Faltaba solo uno: el mayor, que vivía con su madre. Los otros, agrupados en su torno, le hacían más difícil la vejez. Pero ¡qué remedio! Eran carne de su carne, sangre de su hijo.

La abuela avanzó acelerando el paso. Iluminábala un rayo de esperanza, cuyos destellos ya cubrían a los niños. Rompió el sello y se quedó mirando la carta y dentro de la carta un hermoso billete. Un soplo de aire amortiguó ligeramente el calor del medio ambiente, y se alejó portando preces, buscando aprisa los oídos de Dios.

Ese domingo los niños comieron pescado, por primera vez en dos años. El domingo después de Pascua había hecho arroz blanco y pescado y como todos los años, los niños llegaron, uno a uno, acompañados de sus respectivas madres. Desde entonces nunca pudo darse tal lujo. Los niños se chuparon con toda razón los dedos, el plato, la lengua y por último los dientes.

Ese domingo también compró dieciocho pedazos del cuarenta en lotería clandestina y diez pedazos de lotería panameña, y por persuasión del diablo compró también diez pedazos de lotería nacional. Pero la suerte le había sido adversa hasta el momento: salió el treinta y ocho.

-Anduve cerca -pensó-; tal vez pegue la lotería nacional más tarde.

Disfrutó viendo a los niños comer. Los pobres. Engendrados así porque sí. Al principio dudó de que fuesen sus nietos, pero conforme crecían se perfilaban con más claridad los rasgos de la familia Spence. Y eso le bastó para encariñarse. Eran sangre de su sangre.

¿Qué culpa tenían de tener tales madres? Y por otro lado, ¿cómo había hecho su hijo para engendrarlos, si se toma en cuenta la astucia de esas mujeres? Y cuán poca profundidad de espíritu la de ellas, al no querer a sus propios hijos.

Cómo había luchado ella con los tres suyos. Vivió para ellos. Sobre la tina, sobre la palangana, sobre la estufa: vivió para ellos. Renunciando a sus propias posibilidades de progreso y felicidad -proposiciones honestas y deshonestas-, siguió fiel a sus hijos, dándose. Y hoy, con igual amor cargaba con sus nietos, y por eso mismo con el desprecio de los vecinos, para quienes ella era la más grande idiota de toda la provincia atlántica.

Miss Spence -anunciaron una a una-, voy a dejar el chiquito aquí. Es nieto suyo, y el papá se ha escapado. Se equivocan si creen que lo voy a mantener.

-Pero...

-Usted es la abuela: entiéndase con su hijo.

Miss Spence, aquí le dejo su nietecito, vea a ver qué hace con él.

Así, simplemente. Sus cabecitas pobladas de pelo crespo, sus ojos llenos de esperanza, se fueron quedando con ella. La vecina la tenía por tonta. Hasta el padre le había dicho que no era su obligación cargar con tal responsabilidad. Pero ¿qué hacer? ¿Qué hubiese hecho el padre con sus nietos si los tuviera?

Eran sangre de su sangre, carne de su hijo. Tampoco era cosa de arrepentirse. Los niños compensaban con alegría. Así transcurrieron los dos años de silencio. Ella lavando ajeno, vendiendo cajetas, tortas de plátano y pudín de yuca. Con eso procuró el pan cotidiano: por lo menos el pan. Pero luego, tanta responsabilidad fue minando sus fuerzas, hasta enfermarla. Mas conservó la fe.

Él sabe que tengo los güilas. Él no me defraudará. Él no me escribe solo porque no tiene qué mandarme. No me escribe solo por eso.

Y, como si lo hubiera oído, así decía la carta. Además revelaba otras cosas más tristes, las que su corazón de madre había presentido. Sin embargo, ya le iba mejor. Había comenzado a ganar bien, lo cual era muy importante. Además, se había matriculado en el colegio nocturno, y eso era más importante aun.

-Y yo que creía que para él ya era tarde. Mi muchacho.

Así les dijo a quienes señalaban los defectos de su hijo: mi muchacho, ya van a ver de lo que es capaz.

***

Alguien musitaba en la densidad del viento una especie de poema gris. Ocho hijos, siete de tales madres. Huir una madrugada diciendo: mamá, no aguanto más, voy para la capital. Pasar dos años en silencio, y escribirle por fin, una carta de una sola página. Y el colmo: incluir en la carta un billete de cien pesos. Alguien musitaba las cosas de que era capaz su hijo, en la densidad del viento.

Pero él era también capaz de otras cosas. Estaba demostrado. Aspiraba a superarse, al contrario de Bromly y Agnes, que seguían en Limón ganándose una cochinada. Besó la carta, sintiéndose dichosa. Dejó estampada en la hoja una mancha de aceite de coco, olorosa a pescado y a cebolla.

***

Afuera, todavía hervía el agua en las venas de la tierra.



Cuento incluido en el libro "Cuentos escogidos" y originalmente publicado en la obra Una canción en la madrugada (Editorial Costa Rica, 1970). Derechos reservados.

Inicio/Escritores/Novedades/Eventos/Certámenesliterarios/Nosotros
/Contáctenos/Suscríbase/Enlaces/Premios

Etiquetas: , , ,